Agustín Fest

Manifiesto de vida

No voy a morir. Ignoro cuánto tiempo me queda, ignoro cuánto costará al tiempo de vida esta enfermedad que tengo, pero no voy a morir. Aquí sentado, mientras consigo fuerzas para superar la fatiga, para sobrepasar el dolor constante del tumor entre el corazón y los pulmones, mientras le recuerdo a mi cabeza que la primera defensa en contra de la enfermedad es la mente; seguiré riendo y me seguiré burlando de la vida y de la muerte, y seguiré escupiendo sobre la cara de este espíritu negro, y de este espíritu blanco, y de los ingenuos y los imbéciles y los infantes, y recordaré mis paseos felices bajo la sombra de las jacarandas y reviviré, testarudo, como la dalia necia de mi jardín que crecía una y otra y otra vez hasta que un día expiró y no resurgió más de entre la tierra y las cenizas, un día cualquiera, un día sin planes, pero no el día que pensaba aquel jardinero sin ambiciones o aquel mirón por accidente que vive musitando pronósticos, y profecías, y fórmulas necias.

Recitaré el único pasaje de Job que he memorizado, y después recitaré a Larkin y Yeates y los únicos dos versos que me sé de Velarde y de Owen. Releeré a Ende, Borges, Onetti y sólo algunos párrafos de Proust. Quizás lea Rayuela de nuevo. Quizás termine aquel libro de Deleuze o mejor abra algún libro de Escoge tu propia aventura. Dormiré con el Bushido en la almohada. Planearé mis comidas, salivando como un cerdo risueño y soñaré con los postres para detonar las memorias de mi infancia y el sueño futuro de un libro que no conseguiré escribir. Seguiré alabando las redondas nalgas de mi esposa, sus piernas larguísimas y blancas, sus besos espontáneos y sus senos medianos, perfectos, y sus ocasionales sonrisas lascivas, y pensaré en las noches hambrientas que nos faltan. También pensaré en esas otras noches, alimentadas por la ficción de los juguetes crueles, las palabras de consuelo, los comentarios tontos e insensibles, las fotografías de los extraños, los amores necesarios de otros días.

Caminaré junto a mi perro de orejas grandes mientras mastico una pastilla más de naproxeno y querré olvidar por una hora que estoy enfermo, que soy un cuerpo doblegado por los tumores y sus remedios, y pensaré en todos los videojuegos de mi biblioteca, en mi biblioteca de libros, el catálogo de cuerpos que han sido míos y en el bestiario de monstruos que siempre me imaginé escribiendo durante largas noches cuando he superado las responsabilidades, los límites y las distracciones. Haré una recolección de mis lecturas bajo las sábanas, las inocentes y las perversas, las carcajadas y los sudores de un chamaco torpe para recordar que el tiempo no es una línea, pero un círculo perpetuo de vejez e infancia, de fluidos y de flujos, de caprichos y deseos genuinos, de aprendizajes y olvidos

He matado nazis, marcianos, hongos con patas, dragones traidores, sicarios, contadores y no-muertos de distintas categorías. He usado espadas, pistolas y palabras para quebrar, deshacer y aniquilar monstruos de miles de ojos y extremidades y cabezas geométricas y cuchillos grandes. He sobrevivido a la oscuridad y a la demasiada luz. He salvado incontables vidas, no sólo en universos ajenos, pero los propios, gracias a un aburrimiento piadoso, y al tedio, y a compartir palabras con los extraños que también esperan sus propias noticias. He salvado la vida de mis amigos, de mis hermanos y de mis amantes y de aquí a la perpetuidad de mi vida, un eco en la simulación, serán parte de mis oraciones, una canción perpetua que alabará nuestro tiempo, nuestras memorias degeneradas por la adultez o la lejanía. Pensaré en tu música, pensaré en tus deseos de huir, pensaré en tu hipomanía y tus hijos y tus nietos. Pensaré en ti, en tus manos gentiles, en tu vestido negro o floreado, en tus preguntas sobre México y las reglas rotas por el regalo de unos minutos en el encierro.

No voy a morir, seguiré bromeando sobre los enfermos y sobre mí mismo, aquí sentado mientras consigo fuerzas para poner un pie adelante del otro, seguiré escupiendo bromas crueles mientras espero las tres horas de salvación en esta habitación y en la siguiente, mientras coqueteo con la idea de una realidad simulada y que tan sólo pasaré a la siguiente vida, mientras sopeso los efectos de esta proyección que inició al otro lado del universo y como el holograma cuántico no es holograma, pero el cuerpo sí es cuerpo y la realidad es inescapable. No voy a morir, y mucho menos lo haré mientras los otros sugieren que hable con mi verdadera fe, un listado amplio de divinos terrenos: Dios, el Diablo, Vishnu, Odín, el Cosmos y se sumergen en sus propios miedos, se atragantan en sus palabras, en sus pildoritas de échale-ganas y está-prohibido-pensar-cosas-terribles, e inventan al dios eterno, la entidad cósmica, el amo del tiempo con los rasgos amables y ordinarios de cualquier padre televisivo.

No voy a morir frente a ningún dios.
No voy a ponerme de rodillas frente a ningún dios.
Voy a carcajearme en su rostro porque si algo de justicia existe, permitirán la verdad: sólo la felicidad y la ira son el verdadero aliento de vida.

En mi epitafio dirán que se fue como un cuervo, un sibarita, un feliz imbécil, un hedonista de humo que no paraba de reír y de buscar placeres. Ojalá no se diga otra cosa. Ojalá no se diga más.

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