Se hace tarde

Agustín Fest
«¡SE TE hace tarde!»

Ablanedo oyó la voz. Venía del recuerdo. Miró el televisor. Bufó cuando se dio cuenta de que el reportero había perdido la dignidad y el decoro. Escuchó su discurso mientras se rascaba la entrepierna apenas por debajo de los shorts.

—Nos informan que a lo mejor África sí la libra y que las luces no borrarán todo lo que existe de ese lado. Si alguno de ustedes puede viajar a África, este reportero se congratula, porque... —estática, líneas, el reportero perdiéndose en ruido blanco— valemos madre en aproximadamente tres —estática.

Ablanedo miró por la ventana. Pequeños destellos de luz atravesaban las persianas. Abrió el bote de mayonesa que tenía a su derecha, metió la mano y sacó un puñado para después zampárselo en la boca. Jamás había comido tanta mayonesa con tal descaro. Gerardo, su hermano, así la comía. Lo llamaba Rata, porque era voraz con todo, in­cluyendo los aderezos.

—¿Verdad que sí se puede carnalito? —le preguntó su hermano. En sus ojos se veía una candorosa necesidad de aprobación.

Ablanedo soltó una risa ronca y asintió para meter en problemas a todos. Imaginó a su madre indignada, regañando la gula de su hermano mientras lava una playera invadida por la salsa de espagueti o el verde marchito de los chilaquiles; imaginaba sus fantasmas a su lado, una última batalla contra la suciedad antes del ruido blanco.

A los seis años, su hermano se domesticó. Las burlas en el recreo castigaron sus modales de bestia y lo bautizaron como el Cáver. Ablanedo habría preferido llamarlo Rata —un nombre más íntimo, menos hiriente—, pero el niño ya había aprendido a negociar con el mundo, y ser un cavernícola era un precio que no quería pagar. Crecería como todos, pensó Ablanedo con amargura: puliendo sus demonios y enterrando sus sueños bajo el peso del qué dirán. Le dolía haberle enseñado a roer, pero le dolía más no haberle enseñado que el camino más primitivo es, a veces, el único honesto. «Hacer lo que quieres —se recriminó—. ¿Por qué no lo hice yo?»

Ablanedo se chupó los dedos, impregnados de esa grasa blanca y espesa, y se quedó mirando el ruido blanco del televisor. Las dos veintiuno. El móvil era un cadáver: la señal había expirado hacía dos horas. Imaginó a su hermano protegiendo a su familia, o quizás ya convertidos en parte del gran silencio que avanzaba. «Ojalá que no». Debería haber estado ahí, con ellos y con su madre, en lugar de aceptar ese refugio laboral en Guadalajara para huir de los restos de un divorcio. Entonces apareció Mireya y el exilio se convirtió en otra cosa.

—Acéptalo. Es un buen trabajo. La paga es buena — Mireya le besó la comisura de los labios y apretó su mano suavemente. Se sentía bien. Ablanedo tuvo que juntar fuer­zas para empujarla. Miró su cuello moreno y la sonrisa pintarrajeada.

Ablanedo dejó caer el bote de mayonesa. Estaba de nuevo en el presente. El recuerdo le hizo mal. Mireya no estaba ahí. Nunca estuvo. Trató de llamarla y solo oyó ruido blanco. Quiso llamar después a su exesposa y tronó los labios arrepentido. Miró las líneas del televisor. Extrañaba al reportero.

Apagó el aparato. Se visualizó como si fuera el conductor de un programa, el reportero que narra la situación tan jodida en la que se encuentra el mundo. Lo saboreó: sería un programa absurdo e intermi­tente.

Miró en el reflejo su rostro cuadrado, el cabello rubio y ensortijado, la barba que dejó de afeitarse cuando los medios avisaron que, probablemente, el mundo estaba acabándose.

—¿Ahora sí? —se burló ante sus colegas, soltando una carcajada ácida—. ¡Si el mundo se acaba diariamente para alguien! Se acaba cuando a un chamaco se lo roban Los Zetas para el matadero, o cuando una madre en África entrega su último aliento junto a su última costra de pan, o cuando una estrella de pop se traga el frasco de pastillas que dictará su última noche. El mundo no se está acabando; solo cambia de víctimas.

—Man, usted no tiene idea de lo que dice. ¿No ve las noticias? Esta vez a su gobierno se le salió la cadena —sentenció el colombiano que trabajaba con ellos. Ablanedo no alcanzó a escucharlo; otra carcajada le reventó en el pecho, los ojos azules humedecidos en un llanto rabioso. Su cerebro simplemente había bajado la cortina: se negaba a procesar que, esta vez, el tiempo se terminaba de verdad.

Lo dejaron solo con su plato. Mireya se largó también, con una mueca de asco, lástima y sabe qué otra cosa. Cuando el silencio de la oficina se volvió absoluto, roto solo por un vigilante que deambulaba como un fantasma sin propósito, Ablanedo marcó a sus familiares. Su hermano no contestó. Su madre, en cambio, le soltó un adiós entrecortado por el estruendo de las tuberías de gas explotando y el crujir de los cimientos hundiéndose, finalmente, en la tierra.

—Está pasando en la ciudad, mi niño —le dijo su madre—. Estoy bien, no te preocupes por mí. Cuídate mucho, escóndete, abrígate. Tu hermano... —estática. De­jaron de funcionar los teléfonos fijos.

Ablanedo se echó otra carcajada tan fuerte que el poli, envuelto en jorongos y bufandas, le ofreció un abrazo porque creyó que berreaba. Miró al poli un momento, un poco sorprendido, porque le recordó a Gogo, el mimo de Final Fantasy VI (uno de sus juegos preferidos). Ablanedo aceptó el abrazo del policía, se reconfortaron mutuamente. Con ese abrazo, su espíritu se estaba despidiendo de todos.

Se levantó y abrió el cubo donde guardaba un Super Nintendo. «No hay otra cosa que hacer», pensó, como si tu­viera que buscarse una excusa para jugar. Era ridículo, lo sabía, porque estaba viviendo el fin del mundo. ¿Qué otra cosa podía hacer si no jugar?

—El celular es un ladrillo, internet no sirve desde hace horas, salir a la calle es pedir que me maten, se acabaron las raciones, no tengo el valor para colgarme de una viga; a quién engaño, no tengo cuerdas y si las tuviera, no sé hacer los nudos. Tal vez acabe paralítico si lo intento —una voz en su cabeza se burló de que estuviera hablando solo y en voz alta como un loco.

Recordó un artículo sobre la inexistencia del libre albedrío; un científico escribió que el cerebro tomaba decisiones milisegundos antes de que la conciencia lo procesara. Según el artículo, la única libertad real estaba en el veto: la capacidad de cancelar ese impulso primario antes de permitir al cerebro insistir en seguir el curso de acción. Ablanedo se preguntó si su decisión de jugar era un acto de rebeldía o una rendición. Quizás solo era un avatar en una simulación virtual donde un usuario aburrido programó su última cuota de acciones. Un juego dentro del juego; una idea que le pareció extrañamente novedosa. Mientras emparejaba los cables con la pantalla —rojo con rojo, amarillo con amarillo, blanco con blanco—, el eco de su exesposa emergió con la nitidez de sus lentes y el brillo de su suéter naranja. Pudo volver a oírla cuando dijo:

—Si te preocuparas por leer más, sabrías que incluir una historia dentro de una historia no es una novedad; pero es un método efectivo para crear una ilusión de profundi­dad, ofrecerle una noción al lector de que él también existe dentro de ella. Ojalá pudiera explicártelo, pero eres tonto. Muy tonto. Un tonto adorable.

Ablanedo sonrió mientras desenredaba los cables de los controles y encendía el viejo televisor. Su ex siempre lo había tenido por un idiota; quizás por eso la amaba. Se hundió en el sillón justo cuando la pantalla escupía los verdes, naranjas y amarillos saturados de Super Mario All-Stars. Era el único cartucho que le quedaba. Al notar el silencio, hurgó en las conexiones de audio, buscando ese contacto falso que le devolviera la música antes del final.

«¡SE TE hace tarde!»

Oyó Ablanedo. Era la voz de la Rata. Ablanedo soltó los cables de audio y navegó por el menú hasta seleccionar Super Mario Bros.: The Lost Levels. Mientras empezaba a jugar, recordó a Cancino recitándole, casi de memoria, un viejo reportaje de la revista Club Nintendo. El juego no era solo una mejora técnica con gráficos y sonido de 16 bits; era el secreto mejor guardado de Japón, la verdadera secuela que nunca llegó a este lado del mundo. Cancino se lo había advertido con una mezcla de respeto y malicia: «Dicen que este está tan perro que te arranca lágrimas de sangre».

Cancino terminó convenciendo a su padre para que le rentara el cartucho, y los dos se encerraron durante horas a combatir los niveles perdidos. En algún punto, Ablanedo se aburrió; se limitó a comer papas y beber refresco mientras veía a Cancino morir una y otra vez en el mismo salto, liquidado por la misma tortuga alada. «Llevas como cincuenta vidas ahí, Cancino», le dijo, y su amigo lo fulminó con la mirada. Ahora, en una ironía metafísica, los papeles se habían invertido: Ablanedo podía verse a sí mismo, quince años más joven, holgazaneando con el refresco en la mano mientras su versión actual, poseída por el espíritu de Cancino, intentaba resolver un último laberinto. Si ya había perdido a su ex, a su amante y a su familia; si la cordura y el mundo mismo se desmoronaban, lo último que le quedaba era ganar en la pantalla. Si terminaba el juego, quizá podría traspasar la realidad. Atravesar el muro de estática y encontrar, por fin, el tubo que lo llevara de vuelta a casa, a su familia, a su hermano, a su exesposa, a Mireya, al pasado... a ese maldito pasado donde la vida era mejor y el mundo no estaba terminándose.

Las luces intermitentes lo cegaban y no le per­mitían calcular bien el brinco, darlo en el momento preciso. «Vale verga, soy pendejo, ella tiene razón. Siempre la tuvo. Soy pendejo y no voy a poder hacerlo. No sé hacer nada». Ablanedo tronó los labios pero se aguantó las ganas de aventar el control. Tenía una misión. Tenía que seguirlo intentando. Ganaría mucho si lo conseguía.

Un temblor derribó un trozo de pared. Que las persianas estuvieran cerradas ya no importaba: las luces entraban de lleno, quemando la vida en cada intermitencia. «Están jodiendo la simulación», pensó Ablanedo. Imaginó al tipo del mouse encendiendo y apagando el monitor, calcinándolos como si fueran luces de led a punto de fundirse. Al final, a nadie le importa tirar una pantalla vieja; es la excusa perfecta para comprar el modelo más reciente, uno con unas cuantas pulgadas más de poder. «Nos van a cambiar por una versión mejorada», pensó con amargura, pero el jugador ocioso seguirá siendo el mismo y nos llevará, inevitablemente, al mismo lugar.

Su mirada se desvió hacia el boquete en la pared y, por un instante, el aire viciado de la habitación se llenó del aroma de Mireya. Recordó el balcón, el frío de la noche contra la piel de ella y el calor de su aliento cuando lo besó con una urgencia casi desesperada. Sus manos se habían perdido bajo la seda de su blusa, buscando la curva de su espalda mientras ella arqueaba el cuerpo, entregada a un deseo que entonces parecía infinito. Ablanedo intentó fechar el momento. Consultó el reloj: las 02:21. ¿Se había detenido el tiempo o era su conciencia la que se negaba a avanzar? Decía 21 de diciembre, una fecha muerta en un objeto inerte. Pero, ¿qué importaba? En la simulación, igual que en aquel balcón, todo terminaba por consumirse.

Desde el balcón de enfrente, una pareja de ancianos los observaba con rostros de piedra, inexpugnables ante el escandaloso espectáculo que estaban ofreciendo. Ablanedo y Mireya se fundieron con una ferocidad renovada; él la atraía hacia sí, tensando sus cuerpos hasta que la frontera entre ambos se borraba, mientras ella le entregaba la boca pintarrajeada que tanto le gustaba. Quería que los viejos miraran; quería que su exhibicionismo fuera un tajo en la calma de aquel edificio. «Lo hiciste todo mal», le recriminó en silencio a su exesposa, como si ella pudiera escucharlo a través de los meses. «Si no hubieras sido un témpano, habrías sido tú la dueña de este instante, de este raro y sucio milagro». Pero la voz de ella, siempre honesta, siempre hiriente, le devolvía el golpe: «No te engañé, Ablanedo. Nunca quise ser otra persona para ti». Se restregó los ojos con una mano pesada. En el presente, las luces del fin del mundo le mordían las retinas. «Ojalá hubieras estado ahí», masculló, «y la celebración de aquellos viejos habría sido nuestra».

«Lo estás haciendo todo mal. Hazlo bien, no te queda mucho tiempo». Era la voz de la Rata, otra vez. Ablanedo se preguntó cuánto tiempo llevaba ahí, dándole órdenes desde el borde de su conciencia. Su hermano —o el fantasma de lo que fue— le sonreía con la boca manchada de mayonesa, un reflejo grotesco de su propia gula. «No mires nada más que la pantalla», le advirtió. «Y en la pantalla, no busques otra cosa que el camino. ¿Ves el contador en la esquina? Es lo único que te queda. Aquí el tiempo todavía obedece. Mario solo corre y brinca; no se detiene, salta hasta que el mapa se acaba». Ablanedo aferró el control, sintiendo el plástico sudoroso bajo sus pulgares. La voz de la Rata ya no era un recuerdo, era la única ley en un mundo que se deshacía.

Recordó cuando lo acompañó a Las Vegas gracias a un patrocinio para el torneo de juegos de pelea. Lo que empezó como una curiosidad se convirtió en admiración: su hermano peleaba con la entrega de un boxeador en su última noche. «Esta es su vocación... su chamba, ¡su verdadera chamba!», pensó Ablanedo, orgulloso. El quinto puesto mundial fue la recompensa. Se vio a sí mismo años atrás, ayudándolo a entrenar en sesiones breves pero intensas, donde su papel era simplemente atacar para que el niño aprendiera a saltar, bloquear y asimilar la velocidad del oponente. Era su forma de ser parte de ese mundo de precisión que hoy, frente a la pantalla, trataba de emular.

Entrenar contigo no me sirve de mucho —dijo la Rata, aquella vez, revelando una madurez repentina—, pero me ayuda a sopesar la velocidad del juego para calcular correctamente mis reacciones.

—¿Ves? —escuchó a su exesposa—, eres tonto, tonto adorable, un tonto hermoso. No sabes lo que estás haciendo, pequeño imbécil.

Ablanedo manoteó. Tenía que dejar de distraerse. Se le estaba haciendo tarde.

«Dejaré que mi hermano me guíe —decidió—. Que la Rata me saque de este laberinto». El resplandor intermitente le mordía la piel, pero el dolor se había vuelto un ruido de fondo. La televisión resistía, aunque cada ráfaga de luz inyectaba estática en el juego, distorsionando los colores y haciendo que la imagen saltara entre frames de pixeles quebrados. No importaba que el mundo se deshiciera; Ablanedo dejó que sus manos y su mente asimilaran las nuevas leyes del simulacro. Alcanzó el mundo 2-2 a paso veloz, ignorando las monedas y los enemigos, obsesionado solo con el contador de la esquina. Tenía la fe ciega de que, al terminar la aventura, algo tendría que romperse: la realidad o su propia insignificancia. Ya no le pesaba la vieja decepción de los castillos falsos ni el mensaje de «Lo siento, Ablanedo querido, idiota eterno, pero la princesa está en otro castillo». Solo quería seguir atravesando el código.

Cancino, con la boca atiborrada de papas, le soltó un golpe en la cabeza. Ablanedo lo sintió con una nitidez dolorosa; su cabello se estaba desprendiendo, calcinado por la luz que invadía el cuarto. «Acuérdate, zopenco: aquí las salidas no están a la vista. Puedes ir en línea recta, sí, pero si no encuentras los bloques ocultos, no vas a salir nunca del nivel. ¿Ya se te olvidó cómo jugábamos?». Entonces el cuarto de Cancino emergió del ruido blanco: los pósteres de figuras japonesas voluptuosas, los estantes atestados de superhéroes y el olor a frituras. Recordó aquel día, el sabor metálico del refresco y el tedio de mirar la pantalla mientras Cancino aullaba de frustración cada vez que el tiempo se agotaba sin hallar la puerta secreta.

—Está bien morir y enojarse. Es un juego de paciencia y repe­tición —dijo la voz de la Rata—. Gracias a la repetición memorizas el camino. No tengas miedo de la muerte.

—¿Tienes miedo de morir? —preguntó una sonrisa pintarrajeada.

—Resucita y repite el camino. Si repites el camino, te lo aprenderás de memoria y la próxima vez lo harás mejor —dijo la Rata.

—¿Pero si tienes el tiempo? ¿No tienes qué estar conmigo en el balcón revisando unos numeritos después de los besos? ¿No prefieres seguir trabajando? ¿Hacer algo de verdad?

Su ex se divorció de él por exceso de trabajo. Su hermano dejó de jugar porque había que ser alguien de provecho; porque, según decían, el trabajo dignifica. Por eso la sorpresa fue tan amarga cuando vio a su hermano cobrar por jugar. «Tal vez yo podría hacer lo mismo», pensó entonces, pero la idea murió ahí, asfixiada por su propia inercia. «Animal de costumbres, de rutinas», sisea el recuerdo de su ex; Mireya la aparta con un susurro: «No la escuches, ¿para qué volver a casa? Así nos conocimos». Toda su existencia había sido solventada por el oficio de trabajar, hasta que el mundo decidió que ya no era necesario.

El Mario de Ablanedo se precipitó por una grieta ínfima; un error de cálculo, un salto raquítico por falta de velocidad. «No temas a la muerte, hoy no hay oficina. Lo mejor que puedes hacer es seguir, agotar los niveles secretos». Trozos de piel, lo que antes eran sus dedos, se quedaron adheridos al plástico del control como restos de una batalla perdida. La pantalla se hundió de pronto en la negrura. ¡Maldición! Justo cuando había alcanzado el warp al nivel 4-2. «No puede ser. Déjame un poco más», suplicó al Usuario que jugueteaba con el monitor allá arriba. «¿Ni siquiera esto me vas a dejar terminar?».

«¡SE hace tarde, Ablanedo!»

Reinició la partida mientras el eco de un regaño materno aún flotaba en el aire: «Ojalá tu ausencia fuera porque estás bien con tu esposa», le había soltado ella alguna vez. «Abrígate, ponte crema, el sol nos está devorando»; consejos inútiles contra un resplandor que ya le estaba calcinando la vida. El recuerdo de su exesposa le acarició el cráneo para dictar otra sentencia: «Los juegos son como los libros, Ablanedo. A veces ya conoces el final, pero la secuencia es lo de menos. Ser un tramposo es solo otra forma de leer: te saltas al desenlace y dejas que el desarrollo te sorprenda mientras te arrastra hacia lo inevitable. ¿No te acuerdas de aquel estudio? Al lector no le importa el qué, sino el cómo. Lo que fascina es ver cómo los personajes arrostran el camino para alcanzar lo que codician. Si quieres besar a una princesa, no dejes de jugar».

Ignoró la piel que se le caía en tiras y el cartílago húmedo de su nariz que resbalaba por sus mejillas. Ablanedo habitaba ahora el umbral entre la muerte y el código; era un eco obstinado con las manos pegadas al mando. Al entrar en The Lost Levels, la imagen se volvió perfecta, una señal pura que sus ojos ya no necesitaban ver para procesar. Cruzó el warp 4-2 con la urgencia de quien sabe que solo restan un par de engaños antes del final. «¡Se hace tarde!», repetía la voz en su oreja, «¡apúrate que se nos hace tarde!». «Puedo lograrlo», pensó desesperado, «no seré un idiota, un blando, un maldito tibio. Esta vez no lo seré, espérame ahí, llegaré pronto». Ablanedo no sabía a quién le estaba hablando, no con certeza, pero sentía la urgencia de llegar con aquello que estuviera más allá del juego. Evitó mirar su reflejo de esqueleto y sangre en los momentos de oscuridad del monitor. La madrugada se iluminó con una fuerza tal que la noche dejó de existir, convirtiéndose en un día eterno y blanco.

«No importa», pensó Ablanedo. En ese sillón que ya no era más que un resto de sombra, se sintió de pronto acompañado por todos: la Rata y Cancino, Mireya y su exesposa, su madre con su eterna decepción, e incluso aquel policía desahuciado y el colombiano rabioso que le habían devuelto, por un instante, el peso de su humanidad. Frente a él, el Rey Bowser lo aguardaba en el último bastión de pixeles. Un estruendo insoportable le perforó los oídos, licuándole el cerebro hasta convertirlo en pulpa. «Un poco más —rogó Ablanedo al vacío—. Si termino este nivel... déjame terminar con este mundo antes de que el otro se apague».

Los viejos estaban ahí, instalados en su propio sillón como si siempre hubieran formado parte del decorado. Se tomaron de las manos y soltaron una risa cristalina, un sonido lleno de una paz que resultaba insultante en medio del colapso. Ablanedo cometió el error de apartar la vista de la pantalla para mirarlos. Fue solo un parpadeo, un segundo de humanidad recuperada, pero fue suficiente. En el momento exacto en que Mario ejecutaba el salto definitivo hacia la libertad de la princesa, la realidad se fragmentó. Antes de que los piecitos pixelados pudieran tocar tierra firme, una marea de blanco absoluto se lo tragó todo.